Hay una conversación que se repite después de casi cualquier prueba de un concurso público. Alguien sale diciendo que le fue muy bien porque, casualmente, preguntaron varios temas que había estudiado la semana anterior. Otro se lamenta porque dedicó semanas a una materia de la que aparecieron dos preguntas. Más atrás aparece quien asegura que estos concursos son cuestión de suerte, mientras alguien le responde que no: que gana el que estudia. Los dos tienen algo de razón y los dos exageran.
Un concurso de méritos no es una lotería. Los conocimientos, la experiencia, la elección del empleo, la preparación y el desempeño tienen un peso enorme y explican buena parte de las diferencias entre candidatos. Pero tampoco estamos ante un mecanismo capaz de medir el mérito humano con precisión de laboratorio. Entre una persona que podría sacar 82 puntos en una prueba y otra que podría sacar 81,5, hay un territorio en el que una pregunta, una interpretación, el cansancio o simplemente la combinación concreta de temas que apareció ese domingo puede cambiar el orden final.
Eso también es suerte. El problema es que solemos llamar suerte a muchas cosas diferentes.
El examen podría haber sido otro
Pensemos en una prueba funcional. Existe un conjunto muy grande de conocimientos y competencias que podrían evaluarse, pero el examen necesariamente contiene un número limitado de preguntas. Por bien construido que esté, tiene que seleccionar una muestra de ese universo.
Supongamos que alguien domina especialmente contratación estatal y tiene un conocimiento aceptable de procedimiento administrativo. Otro aspirante presenta el perfil contrario. Si la prueba termina teniendo un poco más de peso efectivo en contratación, el primero recibe una ventaja. Si el cuestionario hubiera utilizado otras preguntas igualmente válidas, quizá habría ocurrido lo contrario.
No estamos hablando de una falla del concurso. Es una propiedad inevitable de cualquier medición mediante pruebas. En psicometría existe precisamente el concepto de error de medición: el puntaje observado en un examen no se considera una reproducción perfecta de una capacidad verdadera e inmutable. Si una persona presentara varias versiones equivalentes de una prueba bajo condiciones similares, sus resultados tenderían a fluctuar dentro de cierto rango.
Por eso una diferencia de diez o quince puntos suele decirnos algo importante. Una diferencia de dos décimas debe interpretarse con bastante más modestia.
Cuanto más cerca están los candidatos, más puede pesar el azar
Cuando los candidatos están muy cerca, la suerte crece
Aquí hay una idea que a veces resulta incómoda porque el concurso finalmente tiene que publicar un número exacto y construir una lista exacta. Si existen veinte vacantes, el puesto veinte entra y el veintiuno queda por fuera, aunque entre ambos haya apenas unas centésimas.
Administrativamente no hay alternativa: alguien tiene que ocupar cada posición. El problema aparece cuando interpretamos esa posición como si demostrara una diferencia igualmente precisa entre las personas.
Imaginemos dos candidatos cuyo desempeño esperado, después de considerar su preparación, fuera de 80 y 79 puntos. El candidato de 80 sería, en promedio, mejor, pero en una aplicación concreta el de 79 podría superarlo. Ahora cambiemos el ejemplo: uno tiene un desempeño esperado de 88 y el otro de 68. Para que el segundo gane ya no basta una mañana particularmente buena o una combinación favorable de preguntas. Tendría que ocurrir algo extraordinario.
Esta distinción importa porque permite escapar de dos explicaciones fáciles. Ni “todo es suerte” ni “el que quedó primero necesariamente era muchísimo mejor que el segundo”. A veces simplemente era un poco mejor y ese día también le salió un poco mejor.
También está la suerte de escoger contra quién competir
Hay otra clase de azar que ocurre antes de sentarse frente al examen y que casi nunca se percibe como tal. Dos OPEC pueden ofrecer cargos similares, exigir requisitos parecidos y terminar atrayendo grupos de candidatos completamente diferentes.
Una persona podría presentarse a una vacante en la que el mejor competidor obtiene 84 puntos. En otra OPEC aparentemente semejante aparece un aspirante excepcional que obtiene 94. Nuestro concursante consigue 89 en ambos escenarios: en uno queda primero y en el otro pierde. Su conocimiento fue exactamente el mismo. Lo que cambió fue el grupo contra el que terminó compitiendo.
Esto enlaza con algo que ya analizamos en ConcursoMaster.com en el artículo sobre si menos inscritos significan realmente mayores probabilidades de ganar. Saber que una OPEC tiene 700 inscritos y otra 8.900 aporta información, pero no describe completamente la competencia. Setecientos aspirantes no son setecientos clones con idéntica preparación; dentro de ese conjunto puede haber veinte candidatos muy fuertes o apenas unos pocos.
La geografía produce situaciones extrañas
Este fenómeno se nota especialmente cuando aparecen empleos en lugares menos demandados. Un profesional puede encontrar en Bogotá una vacante casi idéntica a otra ubicada en una ciudad intermedia, pero la primera termina atrayendo varios miles de aspirantes mientras la segunda recibe una fracción de esa competencia.
Podríamos decir que quien descubre la segunda vacante tuvo suerte, aunque no siempre sería justo llamarlo así. Tal vez llevaba semanas revisando SIMO, estaba dispuesto a trasladarse, estudió todas las OPEC y deliberadamente evitó las más populares. Ese detalle introduce una frontera interesante entre suerte y estrategia.
Presentarse una vez es muy distinto de presentarse muchas veces
Supongamos ahora que tenemos un candidato bastante competitivo. No es una máquina de ganar concursos, pero suele quedar cerca de las posiciones elegibles. Presenta un proceso y queda cuarto cuando había tres vacantes. Puede concluir que tuvo mala suerte y quizá tenga razón.
Si abandona ahí, esa pequeña dosis de azar habrá decidido toda su experiencia con el empleo público. Pero si durante los años siguientes participa en cinco o seis procesos razonablemente compatibles con su perfil, ocurre algo distinto. Las circunstancias particulares de cada convocatoria empiezan a compensarse: una vez encuentra preguntas desfavorables, otra favorables; en una OPEC aparece un rival excepcional, en otra no; un año tiene una mala mañana y en el siguiente rinde cerca de su verdadero nivel.
Esto no garantiza obtener un cargo. Lo que hace es reducir la dependencia de un solo evento.
Los resultados también sirven para descubrir si de verdad fue mala suerte
Imagina a alguien convencido de que tiene nivel para competir por los primeros puestos. Presenta su primer concurso y queda cuarto entre cientos de aspirantes cuando solamente había dos vacantes. Sería absurdo concluir que no sirve para esto. El resultado, aunque no produjo nombramiento, contiene evidencia de que probablemente es competitivo.
Presenta otro y queda séptimo. Después queda tercero. La hipótesis de que tiene capacidad para ganar empieza a hacerse más fuerte aunque todavía no haya logrado el cargo. Ahora pongamos el caso contrario: una persona atribuye su primer resultado bajo a la mala suerte. Puede ser. Presenta un segundo concurso y vuelve a quedar lejos. En el tercero ocurre prácticamente lo mismo y las pruebas funcionales vuelven a ser su punto débil.
A medida que los resultados se acumulan, la explicación basada exclusivamente en la suerte empieza a perder fuerza. Tal vez estudia mucho, pero estudia mal; quizá está seleccionando empleos para los que apenas cumple requisitos formales pero cuyo contenido funcional se aleja de su experiencia.
El ganador también puede interpretar mal lo ocurrido
La suerte tiene otra particularidad: somos mucho mejores identificándola cuando perjudica que cuando beneficia. Si estudiamos contratación y aparecen muchas preguntas de contratación, solemos pensar que nuestra preparación fue magnífica. Si estudiamos contratación y no aparece casi nada, entonces hablamos de mala suerte.
No quiere decir que cada ganador esté engañándose ni que cada perdedor busque excusas. Quiere decir que resulta difícil estimar objetivamente cuánto de un resultado dependió de nosotros cuando somos precisamente la persona afectada por el resultado.
Un error administrativo no es mala suerte
Hasta aquí hemos hablado de variabilidad legítima: contenidos de la prueba, rendimiento del día, competencia encontrada, número de vacantes o distribución de fortalezas entre los aspirantes.
Otra cosa completamente distinta es que exista un error en la valoración de antecedentes, que no se reconozca una experiencia que sí cumplía las condiciones, que una pregunta presente problemas jurídicos o técnicos, o que una entidad incumpla las reglas establecidas para el proceso. Eso no debería aceptarse bajo la filosofía de “me tocó de malas”.
La suerte puede explicar que otro candidato supiera exactamente una pregunta que tú desconocías. No explica que te asignen equivocadamente cero puntos a un certificado válido.
Hay incluso una suerte que ocurre años antes
Si ampliamos mucho el lente, la discusión se vuelve más incómoda. Dos personas pueden llegar a un concurso con capacidades similares, pero una estudió una carrera que casualmente coincide con un conjunto amplio de OPEC abiertas ese año. La otra tiene una profesión menos demandada en esa convocatoria. Una vive cerca de ciudades donde se concentran las vacantes. La otra tendría que asumir una mudanza costosa.
No todo eso fue una elección consciente. La vida profesional también está llena de contingencias. Sin embargo, cuanto más amplia sea nuestra definición de suerte, menos útil se vuelve para tomar decisiones. Un aspirante necesita saber sobre todo qué puede hacer con las condiciones que tiene hoy.
La mejor estrategia no consiste en confiar en la suerte, sino en necesitarla menos
Un concursante que apenas alcanza normalmente el puntaje mínimo está expuesto a que cualquier variación pequeña lo deje afuera. Otro que mantiene un desempeño bastante superior posee margen. Una persona que apuesta todo a una única convocatoria queda muy expuesta a cualquier circunstancia particular de ese proceso; otra que construye durante varios años un conjunto de oportunidades compatibles distribuye mejor ese riesgo.
Nadie puede eliminar completamente el azar de un concurso porque tampoco podemos eliminarlo del resto de decisiones humanas. Lo que sí podemos hacer es reducir el espacio en el que puede dañarnos.
Por eso me parece poco sensato decirle a alguien que quedó a dos décimas del último elegible que simplemente “no estudió lo suficiente”. Tal vez hizo prácticamente todo bien y una pequeña fluctuación terminó inclinando la balanza. Pero tampoco sería sensato decirle a quien lleva cuatro concursos quedando muy lejos que continúe exactamente igual porque algún día tendrá suerte.
Los datos acumulados importan. Hay concursos que se pierden por mala preparación. Hay otros que se pierden por escoger mal la vacante. Algunos se pierden por una diferencia real de capacidad frente a candidatos mejores. Y sí: habrá ocasiones en las que, después de reducir todo lo demás, quede un pequeño residuo difícil de explicar que podemos llamar suerte.
La estrategia inteligente no es negar que existe ni convertirla en explicación universal. Es prepararse de tal manera que, cuando aparezca, tenga cada vez menos poder sobre el resultado.
